| †εїзMillarcaεїз...'s profile๑۩۞۩๑«ҳ̸Ҳ̸ҳ̸Ҳ̸ҳ†‡εїз(w)M...PhotosBlogLists | Help |
|
May, 2006 Carmilla 4Habían transcurrido solamente diez meses desde la última vez que le habíamos visto, pero su aspecto había cambiado como si hubiesen pasado diez años. Una expresión angustiada había sustituido a su habitual aire de tranquila serenidad. No era sólo la transformación que cabe esperar en una persona que ha sufrido un gran dolor: una especie de furor apasionado parecía haber contribuido a llevarle a la actual situación. Apenas reemprendimos la marcha, el general comenzó a contarnos el engaño - según su propia expresión - que había conducido a la muerte a su joven sobrina. De repente se dejó arrastrar por una ola de furor y de amargura, profiriendo invectivas contra las artes diabólicas de que había sido víctima. Mi padre, comprendiendo que debían existir motivos extraordinarios para que el ecuánime general se expresara en aquellos términos, le pidió que nos contara, si no le resultaba demasiado penoso, los hechos que justificaban tan violentas expresiones. - Con mucho gusto - replicó el general -. Pero no van a creerlo. - ¿Y por qué no? - inquirió mi padre. - Porque usted, amigo mío, sólo cree en lo que responde a sus prejuicios y a sus ilusiones. También yo era como usted. Pero ahora he aprendido algo más. - Póngame a prueba - insistió mi padre-. Soy menos dogmático de lo que usted cree. Además, me consta que usted basa siempre sus opiniones en pruebas fehacientes, y por lo tanto estoy dispuesto a respetar sus conclusiones. - Tiene usted razón: si he llegado a creer en la existencia de hechos prodigiosos, no ha sido a la ligera. Y puedo asegurarle que he sido víctima de una verdadera conspiración sobrenatural. Vi que mi padre, a pesar de su promesa, miraba al general con ojos que reflejaban evidentes dudas acerca de la capacidad intelectual de su viejo amigo. Afortunadamente, el general no se dio cuenta. Miró con ojos impregnados de tristeza el paisaje selvático que se extendía ante nosotros. - ¿Van ustedes a las ruinas de Karstein? - preguntó -. Curiosa coincidencia... Precisamente quería pedirles que me acompañaran allí. Quiero examinarlas detenidamente. ¿Es cierto que hay una capilla en ruinas con numerosas tumbas de aquella extinguida familia? - Sí, y son muy interesantes - respondió mi padre -. ¿Se propone usted, quizá, reivindicar su propiedad? Mi padre hizo aquella pregunta en tono de broma, pero el general respondió completamente en serio. - De ningún modo - exclamó secamente -. Tengo la intención de exhumar algunos ejemplares de aquella hermosa raza. Espero, con la ayuda de Dios, llevar a cabo un piadoso sacrilegio que librará a la tierra de algunos monstruos y permitirá dormir tranquilamente a personas de bien que tienen derecho a acostarse en paz, sin que sobre sus cabezas penda la amenaza de unos malvados asesinos. Mi padre le miró de nuevo. Pero esta vez no había desconfianza en su mirada, sino que trataba de ser penetrante y perspicaz. - La casta de los Karstein - dijo - se extinguió hace mucho tiempo. Cien años, por lo menos. Mi mujer descendía de los Karstein por línea materna. Pero el apellido y el título desaparecieron hace casi un siglo. El castillo está en ruinas y el pueblo deshabitado; hace más de cincuenta años que no sale humo por sus chimeneas. - Eso es lo que me han contado, exactamente. Y otras cosas que le asombrarán. Pero será mejor que lo cuente siguiendo un orden lógico. ¿Recuerda usted a mi sobrina? Era la muchacha más hermosa del mundo, y hace sólo tres meses estaba aún viva. Mi padre apretó afectuosamente la mano del general. Las lágrimas llenaron los ojos del anciano, que no trató de ocultarlas. - Mi sobrina era el consuelo de mi vejez. Y ahora, todo ha terminado. No me queda mucho tiempo de vida, pero, con la ayuda de Dios, confío en que antes de morir podré prestar un gran servicio al género humano. La cosa empezó así: mi sobrina se preparaba con impaciencia para visitarles a ustedes. En el curso de aquellos preparativos, fuimos invitados a una fiesta ofrecida por mi viejo amigo el conde de Carlofed, cuyo castillo dista unas seis leguas del de Karstein. La noche en que empezó mi desgracia se celebró un fastuoso baile de máscaras. EI parque del castillo estaba, iluminado con farolillos de colores, y los fuegos artificiales fueron de una magnificencia nunca vista. ¡Y qué música! Usted ya sabe que la música es mi debilidad. Las mejores orquestas del mundo, y los mejores cantantes de ópera europeos. Nunca, había asistido a una fiesta tan brillante, ni siquiera en París. Mi querida sobrina estaba hermosísima. No iba disfrazada. La emoción y la alegría ponían en su rostro un encanto indefinible. Me di cuenta de que otra joven, que vestía lujosamente y llevaba un antifaz, miraba a mi sobrina con especial interés. La había visto ya al comienzo de la velada, en la terraza del castillo: estaba cerca de nosotros y su actitud demostraba un vivísimo interés. La acompañaba una dama, vestida con el mismo lujo y también cubierta con un antifaz, que tenía el aire autoritario de una persona de rango. En aquel momento estábamos en un salón. Mi pobre sobrina había bailado mucho y descansaba sentada en una silla, cerca de la puerta. Yo estaba sentado junto a ella. Las dos damas se acercaron a nosotros y la más joven ocupó una silla vacía al lado de mi sobrina en tanto que la de más edad venía a sentarse junto a mí. Empezó hablando consigo misma, como si estuviera refunfuñando. Luego, aprovechándose de la impunidad que le confería el antifaz, se dirigió a mí en el tono de una antigua amiga, llamándome por mi nombre. Sus palabras excitaron mi curiosidad. Se refirió a las numerosas ocasiones en que nos habíamos encontrado, en la Corte o en alguna casa elegante. Hizo alusión a incidentes que yo no recordaba, pero que al serme citados por ella acudieron de nuevo a mi memoria. Sentí que mi curiosidad iba en aumento. Deseaba ardientemente saber quién se escondía detrás de aquel antifaz, mientras la dama parecía divertirse con el juego. Entretanto, la joven, a la cual la dama de más edad llamaba con el extraño nombre de Millarca, había entablado conversación con mi sobrina. Se presentó a sí misma diciendo que su madre era una antigua amiga mía, elogió el vestido que llevaba mi niña y alabó discretamente su belleza. La divirtió con sus agudas observaciones acerca de la gente que se apiñaba en el salón, y, al poco rato charlaban como si se conocieran de toda la vida. Luego, la joven desconocida se quitó al antifaz; tenía un rostro bellísimo, de facciones tan agradables y seductoras que resultaba imposible escapar a su atractivo. Mi pobre sobrina quedó seducida al instante. También la desconocida parecía haber sido fascinada por mi sobrina. Por mi parte, valiéndome de la familiaridad que permite un baile de disfraces, dirigí algunas preguntas personales a mi interlocutora. Me ha puesto usted en un aprieto - confesé, riendo -.¿Quiere ser clemente conmigo ahora? ¿Por qué no me hace el honor de quitarse el antifaz, como ha hecho su hija?- Es una petición descabellada - respondió-. ¡Pedir a una dama que renuncie a un privilegio! Por otra parte, no podría usted reconocerme: han pasado demasiados años desde que me vio por primera vez. Mire a mi hija Millarca y comprenderá que ya no puedo ser joven. Prefiero que no tenga usted ocasión de compararme con la imagen que conserva de mí. Además, usted no lleva antifaz y no puede ofrecerme nada a cambio.- Recurro a su clemencia - dije.- Y yo a la suya -replicó. - Por lo menos, ya que me ha honrado con su conversación, le ruego que me diga su nombre. ¿Debo llamarla señora condesa? Se echó a reír de buena gana y sin duda hubiera encontrado el medio de eludir mi pretensión, de no haberse producido un hecho fortuito ... aunque ahora estoy convencido de que todo había sido planeado minuciosamente. - Mire ... - empezó a decir, pero se vio interrumpida por la presencia de un caballero vestido de negro, de extraña apariencia y rostro exangüe como el de un cadáver. Tampoco iba disfrazado. Se inclinó cortésmente ante mi compañera y dijo: - ¿Me permite la señora condesa unas palabras en privado? Mi interlocutora se volvió al instante hacia el recién llegado, llevándose un dedo a los labios para indicarle silencio. Luego, dirigiéndose a mí, se disculpó: - Le ruego que me guarde el asiento, general: regresaré en seguida. Se alejó en compañía del caballero vestido de negro. Vi cómo hablaban animadamente, antes de desaparecer entre la multitud. Mientras me torturaba tratando de identificar a la dama que tan amablemente parecía recordarme, regresó acompañada del mismo caballero de rostro cadavérico. Oí que este último le decía: Le advierto, condesa, que el carruaje espera en la puerta. Y, tras inclinarse profundamente, desapareció. - ¿De modo que la perdemos a usted, señora condesa? Espero que será por poco tiempo - aventuré. Y me incliné a mi vez ante ella. - Sí, tengo que marcharme - respondió -. Y es posible que mi ausencia se prolongue unas semanas. Acabo de recibir noticias muy desagradables ... y usted, ¿ha recordado ya quién soy? - Ya le he dicho que no. - Lo sabrá, descuide. Pero no ahora. Somos amigos, más íntimos y más antiguos de lo que usted sospecha. Pero ahora no le puedo revelar mi identidad. Dentro de tres semanas pasaré por su castillo. Entonces tendré mucho gusto en que reanudemos nuestra vieja amistad. De momento, estoy muy preocupada por la noticia que acaban de darme. Tengo que recorrer más de cien millas con la mayor rapidez posible. Y si no fuese por la reserva que me veo obligada a guardar acerca de mi identidad, le pediría un favor ... Mi pobre hija cayó del caballo durante una cacería y fue arrastrada por el animal más de una milla. Quedó con los nervios destrozados y nuestro médico le recomendó descanso absoluto. Yo tendré que viajar día y noche, sin interrupción. Está en juego una vida ... pero ya le hablaré de ello la próxima vez que nos veamos. Y a continuación me pidió el favor a que había aludido. Se trataba de alojar a su hija en mi casa durante su ausencia. Era una petición un poco rara, por no decir atrevida. La condesa me desconcertó adelantándose a todas mis posibles suspicacias, diciéndome que comprendía lo incorrecto de su proceder, pero que, conociéndome como me conocía, sabía que yo me haría cargo de lo insólito de las circunstancias que la obligaban a comportarse de aquel modo. Y en aquel mismo instante, por una fatalidad que debió ser tan premeditada como todo lo que estaba sucediendo, se acercó mi sobrina pidiéndome que invitara a su nueva amiga Millarca a pasar unos días en nuestra casa. En cualquier otra ocasión hubiera salido del paso diciéndole que aguardara hasta que pudiésemos enterarnos de la identidad de aquellas damas. Pero debo confesar que las facciones delicadas de la joven desconocida, con su extraordinario poder de fascinación, me habían conquistado. De modo que consentí estúpidamente en hacerme cargo de la muchacha mientras durase la ausencia de su madre. El caballero vestido de negro regresó en busca de mi interlocutora. Lo último que me pidió la dama fue que no tratara de averiguar la identidad de la joven hasta su regreso. Luego susurró algunas palabras al oído de su hija; la abrazó fríamente y se alejó acompañada del fúnebre personaje. A la mañana siguiente Millarca se instaló en nuestra casa. En el fondo, me sentía satisfecho de haber encontrado a una joven tan agradable para que hiciera compañía a mi sobrina. Pero no tardó en surgir el reverso de la medalla. Al principio, Millarca se quejaba de una gran debilidad; estaba aún convaleciendo del accidente que había sufrido, y no salía de su habitación antes del mediodía. Luego descubrimos de un modo casual que, a pesar de que cerraba siempre la puerta de su habitación con llave, no estaba en ella todas las horas que la creíamos allí. Un día, de madrugada, la vi andar bajo los árboles, en dirección a oriente: miraba como una persona en trance. Pensé que era sonámbula. Pero esta hipótesis no resolvía las dudas que se me habían planteado. ¿Cómo salía de la habitación, si estaba cerrada por dentro? ¿Cómo salía de la casa sin abrir puertas ni ventanas? Mientras me debatía en esta situación contradictoria, se me presentó una preocupación más grave. Mi sobrina languidecía de un modo misterioso. Empezó por tener espantosas pesadillas, luego dijo que recibía la visita de un espectro que a veces se parecía a Millarca y otras tenía el aspecto de una bestia inidentificable que daba vueltas alrededor de su cama. No tardaron en presentarse otros síntomas: una sensación dolorosa debajo de la garganta, como si la pincharan con dos alfileres, la impresión de que se ahogaba y una subsiguiente pérdida del conocimiento ... ¡Cuál no sería mi emoción al oír describir los síntomas que yo misma había experimentado! Especialmente, después de haber oído la descripción de las costumbres y características de nuestra hermosa invitada, Carmilla. Habíamos llegado al término de nuestro viaje. Ante nosotros se extendían las ruinas de un pueblo, entre gigantescos árboles. Descendimos en silencio del carruaje; todos estábamos absortos en nuestros pensamientos. Subimos una empinada cuesta y nos encontramos ante el castillo de Karstein. - He aquí su palacio - dijo el general -. Era una estirpe malvada. Resulta difícil creer que incluso después de muertos puedan seguir infectando a la humanidad con su horrible concupiscencia. Miren: alli está la capilla. Señaló un edificio de estilo gótico escondido entre el follaje. - Oigo el hacha de un leñador muy cerca de aquí - continuó -. Quizá pueda facilitarnos la información que buscamos y señalarnos la tumba de Mircalla, condesa de Karstein. A veces, estos aldeanos conservan el recuerdo de las tradiciones locales acerca de las grandes familias. - En casa tengo un retrato de Mircalla, condesa de Karstein - dijo mi padre -. ¿Le gustaría verlo? - Desde luego. Pero tenemos tiempo de sobra - respondió el general -. Creo haber visto el original, y espero convencerme después de explorar la capilla. - ¡Cómo! - exclamó mi padre -. ¿Pretende haber visto a la condesa Mircalla? Pero, ¡si hace más de un siglo que murió! - No está tan muerta como la gente cree - replicó el general. Cuando pasábamos por debajo del arco que daba acceso a la capilla gótica en ruinas, añadió: - En los pocos años que me quedan de vida sólo deseo tener ocasión de una cosa: vengarme. Y, afortunadamente, la venganza puede realizarse aún por medio de un brazo mortal. - ¿De qué venganza está hablando? - preguntó mi padre, cada vez más asombrado. - Quiero cortar la cabeza del monstruo -respondió el general en un acceso de cólera, golpeando el suelo con el pie y alzando sus manos como si empuñara un hacha invisible y la blandiera ferozmente en el aire. - ¡Qué es lo que dice! - gritó mi padre. - Le cortaré la cabeza con un hacha, con una hoz, con cualquier herramienta que pueda servir para rebanarle el cuello a un criminal ¡Mirad! - gritó, temblando de rabia -. Esta madera servirá de cepo. Veo que su hija está cansada, déjela reposar. Me dejé caer sobre un bloque de madera medio oculto entre los hierbajos que salían por entre las losas del pavimento de la capilla. Entretanto, el general llamó al leñador que estaba podando las ramas secas de los árboles, muy cerca de allí. Se nos acercó un viejo fornido, que llevaba un hacha en la mano, pero resultó que no sabía nada acerca de aquellas ruinas. Sin embargo, nos informó que conocía a un guarda forestal que vivía a unas leguas de distancia y que podría hablarnos de todas y cada una de las piedras de la capilla. - ¿Hace mucho tiempo que trabaja usted en este bosque? - le preguntó mi padre. - Hasta hace poco tiempo he sido leñador a las órdenes del guarda forestal. Mi padre, mi abuelo y toda mi familia, durante generaciones, hemos tenido el mismo oficio. Podría mostrarles las casas en que vivieron mis antepasados. - ¿Por qué quedó deshabitado el pueblo? - Porque recibía la visita de los espectros. Parece ser que los persiguieron hasta sus tumbas, exhumaron los cadáveres con los medios acostumbrados y fueron destruidos en la forma habitual: decapitados, traspasados con un palo y quemados. Sin embargo, muchos aldeanos habían perdido la vida. A pesar de todos los esfuerzos que se hicieron, a pesar de abrir tantas tumbas y de privar a tantos vampiros de su horrible existencia, el pueblo no quedó totalmente libre de la influencia diabólica. Pero un noble moravo, que vino a estudiar esta parte del país, oyó hablar de estos hechos y, siendo experto en la materia como otros muchos compatriotas suyos, se ofreció para librar al pueblo de aquella obsesión. Y he aquí lo que hizo: una noche de luna llena, trepó a la torre de la capilla poco después de ponerse el sol. Se quedó allí de guardia hasta que vio salir al vampiro de la tumba y despojarse de su blanco sudario para dirigirse al pueblo, a fin de atormentar a sus habitantes. Una vez se hubo alejado el vampiro, el extranjero descendió de la torre, recogió el sudario y volvió a encaramarse a su observatorio. Cuando el vampiro regresó de su expedición y no encontró el sudario en el lugar donde lo había dejado, empezó a aullar, enfurecido por la pérdida de su atavío fúnebre. El moravo, entonces, llamó al vampiro y le desafió a que subiera a lo alto de la torre para recuperar su sudario. El vampiro aceptó el reto y empezó a trepar por el campanario. Pero cuando estaba a punto de alcanzar la cima, el moravo le golpeó con su sable en la cabeza, partiéndole el cráneo en dos y haciéndole caer al fondo de la capilla. Luego bajó de la torre, decapitó al vampiro y al día siguiente entregó la cabeza y el cuerpo a Ios aldeanos, que lo atravesaron con un palo y lo quemaron, según las reglas establecidas para estos casos. El noble moravo estaba autorizado por un documento de la familia Karstein a cambiar el emplazamiento de la tumba de la condesa Mircalla, cosa que hizo, sin que nadie sepa el lugar donde está enterrada actualmente. - ¿Puede usted decirme dónde estaba antes? -preguntó el general. Pero el leñador debía tener un trabajo urgente porque, olvidándose de recoger su hacha, se marchó sin contestar a la pregunta. Y mi padre y yo nos quedamos a escuchar el final del relato del general. - Mi querida sobrina empeoraba a ojos vista. El médico ignoraba la naturaleza exacta de su enfermedad. Al darse cuenta de mi preocupación, propuso una consulta con uno de los mejores médicos de Gratz. Era un hombre que conocía a fondo su profesión y tenía mucha experiencia. Después de haber examinado a mi sobrina, los dos médicos se encerraron en la biblioteca para conferenciar. Desde la habitación contigua pude oír sus voces, de un tono mucho más violento de lo que cabía esperar en una discusión puramente científica. Llamé a la puerta y entré. El viejo médico de Gratz defendía su teoría. Su colega la impugnaba con evidente ironía, y de cuando en cuando no podía evitar el reírse francamente de las sugerencias de su colega. Mi entrada interrumpió la discusión. - General - me dijo nuestro médico -, parece ser que mi ilustre colega opina que tenemos más necesidad de un brujo que de un médico. - Perdone, perdone - replicó el viejo médico de Gratz con evidente disgusto -. Daré mi opinión - y a mi modo - en otra ocasión. De momento, siento decirle que mi intervención no puede ser de ninguna utilidad. De todos modos, antes de marcharme tendré el honor de hacerle una sugerencla. Se sentó ante una mesa y empezó a escribir. Parecía que la consulta no había dado resultado alguno. Me estaba paseando por el jardín, sumamente agitado, cuando se me acercó el viejo médico de Gratz. Se disculpó por molestarme y me dijo que, en conciencia, no podía marcharse sin ofrecerme una explicación. Dijo que tenía la seguridad de no equivocarse: no existía ninguna enfermedad con aquellos síntomas, y la muerte de mi sobrina era inminente. Le quedaba solamente un día, tal vez dos, de vida. Si lograba detener el proceso fatal, quizá pudiese recobrar las fuerzas. Pero, en su estado actual, bastaría otro ataque para extinguir la última llama de vida. ¿Y de qué naturaleza es el ataque a que alude usted? - le pregunté. En esta nota se lo explico todo. Llame a un sacerdote y abra y lea la carta solamente en su presencia. Puede que no la comprenda, pero tenga en cuenta que es una cuestión de vida o muerte. Si no encuentra un sacerdote inmediatamente, puede leerla usted solo. En los alrededores no había ningún sacerdote, por lo que me decidí a leer la carta. En cualquier otro momento me hubiese reído de su contenido. Pero, ¡a cuántas charlatanerías se somete uno cuando está en una situación apurada, cuando todos los medios conocidos han fracasado y está en peligro la vida de un ser querido! El médico decía en su carta que la enferma recibía la visita de un vampiro. Las punzadas que había notado en la garganta habían sido producidas por los dientes afilados y largos de uno de aquellos horripilantes seres. No cabía la menor duda, añadía, dado el lugar donde se habían producido Ios pinchazos, que se trataba de la mordedura típica de un vampiro, cosa que confirmaría cualquier experto. Yo era bastante escéptico en lo que respecta a la existencia de fantasmas y vampiros en general. En aquel momento, al pensar en la teoría expuesta por el anciano médico, me dije a mí mismo que una gran erudicción y una despejada inteligencia pueden ir aliadas con la locura. Pero estaba tan desesperado, que decidí seguir las instrucciones contenidas en la carta. Me escondí en el tocador que comunicaba con el cuarto de la pobre enferma, alumbrada toda la noche por una vela, y esperé a que mi sobrina se durmiera. A través de la rejilla situada encima de la puerta del tocador miraba el sable que había colocado sobre una mesa, por prescripción del médico. Al cabo de un rato vi una forma oscura que se arrastraba a los pies de la cama y que se lanzaba súbitamente al cuello de mi sobrina, al tiempo que se transformaba en una gran masa palpitante. Me quedé como petrificado por espacio de unos segundos. Luego abrí la puerta del tocador, empuñé el sable y me acerqué a la cama. El monstruo se dejó caer al suelo y se quedó inmóvil junto al lecho. Me miraba fijamente, con una expresión de ferocidad en sus pupilas. A pesar de lo horrible de su aspecto, pude reconocer a Millarca. Descargué el sable con todas mis fuerzas, pero el monstruo estaba ya junto a la puerta, ileso. Corrí detrás de él, pero desapareció como por ensalmo. Mi sable se rompió contra la puerta. No sé cómo describir lo que sucedió aquella horrible noche. Todos los moradores de la casa se despertaron y se pusieron en movimiento. El espectro de Millarca había desaparecido. Pero su víctima se agravó rápidamente y a primeras horas de la madrugada falleció. El anciano general estaba descompuesto. Mi padre y yo permanecimos en silencio. Al cabo de un rato, mi padre avanzó por la capilla, leyendo cuidadosamente las inscripciones de las lápidas. El general, por su parte, se había apoyado en el muro y se enjugó los ojos con un pañuelo. Las voces familiares de Carmilla y de la señorita Lafontaine, que en aquel momento se acercaban, me reanimaron. De repente, por debajo de un arco rematado por uno de aquellos monstruos grotescos que brotaban de la imaginación de los antiguos escultores góticos, vi aparecer la seductora figura de Carmilla. Me puse en pie para contestar a su sonrisa, particularmente atractiva, cuando el viejo general lanzó un grito y se interpuso entre nosotras, blandiendo el hacha que el leñador había dejado olvidada. El rostro de Carmilla había sufrido una transformación brutal. Retrocedió. Pero, antes de que yo pudiera gritar, el general descargó el hacha sobre ella con todas sus fuerzas. Carmilla pareció inclinarse hacia delante a consecuencia del golpe, pero en realidad lo que hizo fue coger la muñeca del general con su delicada mano. El anciano se debatió vigorosamente, luchando por soltarse, pero se vio obligado a abrir la mano y dejar caer el hacha. Carmilla desapareció como si se la hubiera tragado el aire. El general, tambaleándose, se apoyó en el muro. Sus cabellos estaban erizados y su rostro aparecía empapado en sudor. Estaba pálido como un muerto. Todo lo que acabo de contar sucedió en un par de segundos. No sé si llegué a perder el conocimiento. Lo primero que recuerdo después de la desaparición de Carmilla es la voz de la señora Perrodon, preguntándome: - ¿Dónde está la señorita Carmilla? Por fin pude contestar que no lo sabía. - Ha salido de aquí hace un momento - dije, señalando la puerta por la cual había entrado la señora Perrodon. - Yo estaba allí y no la he visto. Inmediatamente empezó a llamarla por su nombre, sin obtener respuesta. - ¿Se hace llamar Carmilla? - inquirió el general, que no se había recobrado totalmente. - Efectivamente - respondí. - Carmilla... Millarca... - murmuró el general -. No cabe ninguna duda, es la misma que en otro tiempo se llamó Mircalla de Karstein. Querida Laura, márchese inmediatamente de esta tierra maldita. Creo que no verá nunca más a Carmilla. Mientras el general pronunciaba estas palabras, entró en la capilla uno de los hombres más extraños que he visto en mi vida. Era alto, delgado, muy cargado de hombros y vestía de negro. Tenía la tez morena y surcada de profundas arrugas. Llevaba un sombrero pasado de moda, adornado con una enorme pluma. Sus cabellos largos y grasientos caían sobre su espalda. Andaba lentamente, arrastrando los pies. Usaba anteojos con montura de oro y su mirada se fijaba alternativamente en el techo de la capilla y en el pavimento. TrackbacksThe trackback URL for this entry is: http://mvm85666.spaces.live.com/blog/cns!42CF8934821AABB1!153.trak Weblogs that reference this entry
|
|
|