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    May, 2006

    Millarca 2

    será pensar que nos conocimos hace doce años y que, por tanto somos viejas amigas? Yo, por lo menos, creo que desde nuestra infancia estábamos predestinadas a serIo. Y por mi parte nunca he tenido una verdadera amiga. ¿La encontraré ahora?

    Suspiró, y me miró apasionadamente con sus hermosos ojos negros. En realidad, aquella joven me atraía de un modo inexplicable, pero al propio tiempo me inspiraba una indefinible repulsión. Sin embargo, pese a lo contradictorio de mis sentimientos, lo que predominaba era la atracción. Aquella joven desconocida - hasta cierto punto - me interesaba y me conquistaba. ¡Era tan hermosa y fascinante! Recuerdo que noté en ella cierto cansancio y me apresuré a desearle las buenas noches. Añadí:

    - Será mejor que esta noche duerma una camarera contigo. Fuera, en el pasillo, me aguarda una sirvienta. Es muy seria y no te molestará.

    - Eres muy amable - respondió la joven -, pero si hay otra persona en mi habitación no puedo dormir. No necesito ayuda, y quiero confesarte una pequeña debilidad mía: tengo horror a los ladrones. En cierta ocasión, mi casa fue desvalijada y asesinaron a dos camareras. Desde entonces tengo la costumbre de cerrar la puerta con llave. Tendrás que disculparme, pero no puedo evitarlo.

    Durante un rato me retuvo entre sus brazos; luego me susurró al oído:

    - Buenas noches, querida. Me desagrada separarme de ti, pero es hora de descansar. Hasta mañana. No pasaremos mucho rato separadas.

    Se dejó caer sobre la almohada, suspirando, mientras sus hermosos ojos me contemplaban con expresión amorosa y melancólica. Suspiró de nuevo.

    - Buenas noches, amiga mía.

    Los jóvenes se enamoran y encariñan al primer impulso. Me lisonjeaba el evidente afecto que me demostraba aquella joven, aunque me parecia que yo no habia hecho nada para merecerlo. Me encantó la confianza que me habia demostrado desde el primer momento. Parecia indudable que estábamos predestinadas a ser amigas intimas.

    Llegó el día siguiente, y volvimos a vernos. Su compañia me hacía feliz por muchas razones. A la luz del dia no había perdido su encanto. Era, sin duda, la más hermosa criatura que jamás había visto, y el desagradable recuerdo que conservaba de su aparición en el curso de mi sueño infantil se había trocado en una placentera sensación.

    La joven me confesó que también ella había experimentado un sobresalto al reconocerme, y el mismo sentimiento de repulsión que se mezclaba a mi simpatía. Las dos nos reimos de nuestro asombro.

    He dicho que había en ella muchas cosas que me fascinaban, pero también otras que me desagradaban.

    Empezaré por describirla físicamente: era de estatura mediana, delgada y de formas muy armoniosas. Aparte de que sus movimientos eran lánguidos - verdaderamente muy lánguidos -, nada en su aspecto denotaba que estuviera enferma. Tenía una tez sonrosada y luminosa, y sus facciones eran pequeñas y correctas. Sus ojos eran negros y brillantes, sus cabellos realmente espléndidos: no he visto nunca una cabellera tan larga y sedosa como la suya cuando la soltaba sobre sus hombros. A menudo sumergía mi mano entre sus cabellos y reía tontamente ante lo insólito de su peso. Eran unos cabellos mórbidos y vivos, de color castaño oscuro con reflejos dorados. Me gustaba sentirlos en mi mano y luego soltarlos mientras mi amiga, sentada en un sillón, hablaba sin cesar. Me gustaba retorcerlos, entrelazarlos, jugar con ellos. ¡Cielo santo! Si lo hubiese sabido todo!

    He señalado que algunas de sus particularidades no me convencían. He dicho que la confianza que me había otorgado desde el primer momento me había conquistado. No obstante, todo cuanto hacía referencia a ella misma, a su madre o a cualquier aspecto de su vida particular o familiar, despertaba en la joven una extraña reticencia. Desde luego, no era razonable por mi parte insistir en esos aspectos, y tal vez no me portaba bien. Mi obligación era la de respetar la solemne orden dada a mi padre por la señora vestida de negro. Pero la curiosidad es un sentimiento que carece de escrúpulos, y ninguna muchacha soporta de buen grado verse desilusionada por lo que le interesa: ¿Qué podía haber de malo en el hecho de que mi amiga me contara lo que tan ardientemente deseaba saber? ¿Acaso no tenía confianza en mi sentido del honor? ¿Por qué no me creía cuando le aseguraba que jamás divulgaría una sola palabra de lo que me dijera?

    Su persistente negativa, acompañada siempre de una sonrisa, me parecía una actitud totalmente en desacuerdo con su edad. No puedo decir que el hecho fuera motivo de discusiones entre nosotras, porque resultaba imposible enfadarse con la joven. Tal vez lo inconveniente, e incluso descortés, fuera mi insistencia, pero me sentía realmente acuciada por Ia curiosidad.

    Sus explicaciones no me aclaraban nada, o por lo menos eso creía yo. Pueden resumirse en tres vagas revelaciones.

    La primera era su nombre: Carmilla.

    La segunda, que los miembros de su familia eran nobles o intelectuales.

    Y la tercera, que su casa estaba situada al occidente de la nuestra.

    No me dijo su apellido, ni sus títulos nobiliarios, ni el nombre de sus propiedades, ni siquiera la región donde vivía. Y no es que yo la atosigara continuamente con mis preguntas: me limitaba, simplemente, a intercalarlas siempre que la ocasión era propicia. Prefería las fórmulas indirectas. Una o dos veces, en realidad, la ataqué frontalmente. Pero, cualquiera que fuese la táctica que empleaba, el resultado era siempre el mismo: un rotundo fracaso. Los reproches y las caricias no servían de nada, aunque debo confesar que sabía eludir las preguntas con una evidente destreza, y que parecía francamente disgustada por no poder satisfacer mi curiosidad. Siempre que se planteaba una de estas situaciones, me echaba los brazos al cuello, me estrechaba contra su pecho y apoyaba su mejilla en la mia, murmurándome al oído:

    - Querida, sé que tu corazón se siente herido. No me juzgues cruel: me limito a obedecer una ley ineludible que constituye mi fuerza y mi debilidad. Si tu corazón está herido, el mío sangra con el tuyo. En medio de mi gran tristeza, vivo de tu exuberante vida, y tú morirás, morirás dulcemente por la mía. Es algo inevitable. Y así como yo me acerco a ti, tú, a tu vez, te acercarás a otros y aprenderás el éxtasis de la crueldad, que es una forma del amor. No intentes saber nada más de mí ni de mi vida, pero ten confianza con todo tu amor.

    Y después de haber hablado con una voz suave, queda, me estrechaba entre sus brazos, y sus labios, besándome tiernamente, me inflamaban las mejillas.

    Aquella excitación y aquel lenguaje me resultaban incomprensibles. Intentaba eludir sus abrazos, no demasiado frecuentes, pero me faltaban energias. Sus palabras resonaban en mis oídos como una canción de cuna y domeñaban mi resistencia sumergiéndome en una especie de sopor, del cual sólo despertaba cuando me libraba de sus brazos. Aquellas incomprensibles expansiones no me gustaban. Experimentaba una extraña y tumultuosa sensación que, si bien en cierto sentido me resultaba agradable, me inundaba al mismo tiempo de temor y de repulsión. Siempre que tenía lugar una de esas escenas me sentía sumamente turbada, y, al tiempo que aumentaba el placer que me producía, aumentaba también mi repugnancia.

    Sé que lo que acabo de explicar podrá parecer paradójico, pero no puedo expresar de otra forma Io que sentía.

    Han transcurrido diez años desde que tuvieron lugar aquellos hechos, y la mano me tiembla aún al escribir acerca de la situación en que inconscientemente me vi envuelta.

    A veces, después de un largo período de indiferencia, mi extraña y bellísima amiga me cogía súbitamente Ia mano, estrechándomela con pasión. Se sonrojaba y me miraba con ojos ora lánguidos, ora de fuego. Su conducta era tan semejante a la de un enamorado, que me producía un intenso desasosiego. Deseaba evitarla, y al propio tiempo me dejaba dominar. Carmilla me cogía entre sus brazos, me miraba intensamente a los ojos, sus labios ardientes recorrían mis mejillas con mil besos y, con un susurro apenas audible, me decía:

    - Serás mía.., debes ser mía... Tú y yo debemos ser una sola cosa, y para siempre.

    Después se echaba hacia atrás, apoyándose en el respaldo del sillón, cubriéndose los ojos con las manos; y yo me sentía trastornada en lo más profundo de mi ser.

    - ¿Qué quieres decir con tus palabras? - intentaba saber-. ¿Te recuerdo acaso a alguna persona a la que amaste mucho? No me gusta que me hables así. Cuando lo haces no pareces la misma. Y tampoco yo me reconozco a mí misma cuando me miras y me hablas de este modo.

    No hallaba una explicación satisfactoria a aquellas efusiones. Sin embargo, no parecían afectadas, ni falsas. Indudablemente, se trataba de una explosión espontánea de un instinto o sentimiento reprimido.

    ¿Acaso Carmilla sufría alucinaciones? ¿Estaría loca, a pesar de lo que afirmó su madre antes de marcharse? ¿O se trataba, simplemente, de una argucia romántica? En más de una ocasión había leído la historia de un joven que se introducía en casa de su amada vestido de mujer y con la ayuda de una aventurera... ¿Sería éste el caso? La hipótesis lisonjeaba mi vanidad, pero no tenía la menor consistencia. Durante largos períodos de tiempo, yo no representaba absolutamente nada para Carmilla, la cual se limitaba a dirigirme alguna mirada ardiente, eso sí. Y aparte de aquellos fugaces momentos de excitación, sus modales eran absolutamente femeninos. Sus costumbres, por otra parte, eran bastante raras. Generalmente, se levantaba muy tarde, nunca antes del mediodía. Entonces tomaba únicamente una taza de chocolate, muy caliente. A continuación paseábamos juntas un rato, muy corto, ya que no tardaba en sentirse fatigada; regresábamos al castillo o nos sentábamos en un banco, debajo de los árboles. Lo más curioso era que su languidez física no iba nunca acompañada de postración mental. Su conversación era siempre chispeante y vivaz.

    De cuando en cuando hacía alguna vaga alusión a su hogar, a su infancia o a algún recuerdo de su existencia, y a través de sus palabras se adivinaba que sus hábitos y costumbres eran muy dispares a los nuestros. De esas ocasionales alusiones llegué a colegir que su país natal estaba mucho más lejos de lo que había creído al principio.

    Una tarde en que nos hallábamos sentadas bajo los árboles, desfiló ante nosotros un cortejo fúnebre. Se trataba del entierro de una muchacha muy bonita y a la cual yo conocía porque era hija del guarda forestal. El pobre hombre marchaba detrás del féretro que contenía los restos de su querida y única hija y parecía tener el corazón destrozado. Le seguían algunos aldeanos, cantando un himno funerario.

    Cuando el cortejo pasó delante nuestro me puse en pie en señal de respeto, y uní mi voz a las suyas. Mi amiga me tiró rudamente del vestido y yo me volví, sorprendida. En tono irritado, me dijo:

    -¿Es que no te das cuenta de lo desafinado de sus voces?

    - Pues a mí me parece un canto muy dulce- respondí, molesta por aquella intempestiva intromisión, y porque temía que los acompañantes del entierro observaran nuestra discusión.

    El canto continuó.

    -¡Me destrozan los tímpanos!- exclamó Carmilla en tono rabioso, tapándose los oídos con las manos -. Detesto los entierros y los funerales. iCuántas cosas inútiles! Porque tú has de morir, todos han de morir, y todos, después de la muerte, son mucho más felices. ¡Regresemos a casa!

    - Mi padre ha ido también al cementerio. ¿Lo sabías?

    -No, no me importa. Ni siquiera sé quién es el muerto - replicó mientras sus ojos centelleaban.

    - Se trata de aquella muchacha que hace unos quince días creyó haber visto un fantasma. Desde entonces ha ido empeorando, y ayer por la mañana falleció.

    - No me hables de fantasmas: esta noche no podría dormir.

    - Espero que no haya una epidemia por estos alrededores. Existen algunos síntomas - continué -. La mujer del pastor murió hace una semana, y también dijo que había notado una extraña opresión en el cuello, como si alguien tratara de ahogarla. Mi padre dice que esas alucinaciones son frecuentes en los casos de fiebres epidémicas. La mujer se hallaba perfectamente el día anterior, pero después de aquella noche se debilitó inesperadamente y al cabo de una semana falleció.

    - Bien, supongo que ya habrán terminado con los cantos fúnebres. Nuestros oídos ya no se verán torturados de nuevo. Todas estas cosas me ponen nerviosa. Siéntate a mi lado, más cerca. Cógeme la mano. Apriétala fuerte, más fuerte...

    Nos habíamos retirado unos pasos y Carmilla se sentó en un banco. Su semblante se había transformado de tal modo, que me asusté. Se había puesto pálida. Sus dientes rechinaban y apretaba los labios, sacudida por un continuo escalofrío. Todas sus energías parecían empeñadas en luchar contra aquel ataque. Finalmente, profirió un ahogado grito y se tranquilizó paulatinamente, superada la crisis de histerismo.

    - Esto sucede cuando se agobia a la gente con himnos funerarios - dijo -. No me sueltes, me siento ya mucho mejor.

    Tal vez para desvanecer la profunda impresión que me había producido el verla sumida en aquella crisis, mientras regresábamos a casa se mostró muy animada y parlanchina.

    Aquello pasó como una nube de verano. Pero aún tuve ocasión de asistir a una nueva explosión de cólera de Carmilla.

    Cierto día estábamos contemplando el paisaje desde uno de los grandes ventanales del salón, cuando vimos a un vagabundo que cruzaba el puente levadizo, encaminándose hacia el patio del castillo. Le conocía perfectamente. Cada seis meses venía al castillo.

    Era un jorobado, y su rostro tenía la expresión mordaz que suele verse en los hombres que son víctimas de una deformidad física. Llevaba una barbita oscura y puntiaguda y al sonreír abría la boca de oreja a oreja, mostrando unos dientes blanquísimos. Vestía con una zamarra de piel de búfalo, adornada con numerosas cintas y campanillas. De su espalda colgaban una linterna y dos cajas cuyo contenido me era ya conocido: en una de ellas guardaba una salamandra, y en la otra una mandrágora. Llevaba también un violín, una caja de amuletos contra el mal de ojo y varios estuches de contenido diverso. Se apoyaba en un bastón de madera negra, con una contera de cobre. Iba acompañado de un perro esquelético que le seguía fielmente a todas partes. Pero el animal se detuvo en medio del puente levadizo, erizó el pelo y prorrumpió en lúgubres aullidos, negándose a avanzar.

    Entretanto, el vagabundo había llegado al centro del patio y, quitándose el grotesco sombrero, se inclinó en una cómica reverencia. Luego empuñó el violín y empezó a tocar una alegre melodía, acompañándola con un canto tan desafinado y unos pasos de danza tan cómicos, que me eché a reír a pesar de lo mucho que me habían impresionado los siniestros aullidos del perro.

    - ¿Desean las señoritas comprar un amuleto contra el vampiro, que según he oído decir merodea por estos alrededores como un lobo? -dijo el vagabundo, dejando caer el sombrero al suelo-. La gente muere por doquier, pero yo tengo un talismán que no falla; sólo hay que coserlo a la almohada, y cuando el vampiro se presenta puede uno reírse de él en sus propias barbas.

    Los amuletos consistían en unas cintas de papel transe, con cifras y dibujos cabalísticos.

    Inopinadamente, Carmilla compró un talismán y yo la imité. El vagabundo nos observaba y nosotras sonreíamos divertidas; al menos yo. Pero, de repente, mientras nos miraba, los ojos del vagabundo - unos avispados ojos azules - parecieron descubrir algo que por un instante atrajo su atención. Inmediatamente sacó un estuche de cuero repleto de toda clase de pequeños instrumentos de acero.

    - Mire, señorita - me dijo, mostrándome el estuche -, además de algunas actividades menos útiles, practico la de dentista. ¿Quieres callarte de una vez, animalucho? Si no paras de aullar, la señorita no oirá lo que le digo. Como le iba diciendo, soy dentista, y su amiga tiene los dientes más afilados que he visto en mi vida; largos, afilados, puntiagudos como una lanza, como un alfiler. Sí, los he visto perfectamente; son unos dientes peligrosos. Yo entiendo de estas cosas, y aquí estoy con mi lima, mi punzón y mis pinzas. Se los dejaré redondeados y bonitos. Si la señorita consiente, en vez de dientes de pez tendrá una dentadura digna de su belleza. ¿Se ha enfadado la señorita? ¿He sido demasiado atrevido? ¿La he ofendido?

    Carmilla, en efecto, le miraba con una expresión de odio. Se apartó de la ventana, acusándome:

    - ¿Y permites que ese charlatán me insulte de ese modo? ¿Dónde está tu padre? Quiero pedirle que lo eche del castillo. Mi padre hubiera ordenado que le apalearan, para quemarlo luego vivo.

    Sin embargo, en cuanto no tuvo ante sus ojos al hombre que la había insultado, su cólera desapareció tan rápidamente como había surgido; al cabo de unos instantes había olvidado ya al jorobado y sus extravagantes palabras.

    Aquella misma tarde, mi padre llegó muy excitado. Nos contó que se había presentado otro caso parecido a los anteriores y de los cuales ya he hablado. La hermana de un colono de nuestra finca, que vivía a una milla de distancia de nuestro castillo, había enfermado repentinamente. Decía que había sido atacada por un ser monstruoso, y su estado se agravaba, lenta pero inexorablemente.

    - En rigor - dijo mi padre -, todo esto puede ser atribuido a causas naturales. Esos infelices se sugestionan con narraciones inverosímiles, y de este modo provocan sus alucinaciones.

    - No deja de ser una cosa terrible -observó Carmilla.

    - Desde luego - asintió mi padre. - Me asusta pensar que puedo ser víctima de una alucinación semejante. Aunque sólo fuera una alucinación, ha de ser tan horrible como si se tratara de un hecho real.

    - Estamos en las manos de Dios - afirmó mi padre -. Nada puede ocurrir sin su consentimiento, y todo terminará bien para aquellos que le aman. Es nuestro Creador. El nos ha hecho y cuidará de nosotros.

    - Yo creo - replicó Carmilla - que todas las cosas suceden por imperativo de la naturaleza. Y que la enfermedad que se propaga por la comarca es también cosa de la naturaleza. ¿No le parece?

    - Hoy vendrá el médico - dijo mi padre, eludiendo contestar a la pregunta de la muchacha -. Me gustará saber qué opina el doctor de este fenómeno, y qué nos aconseja.

    - Los médicos nunca me han servido para nada - replicó Carmilla.

    - ¿Has estado enferma? - le pregunté.

    - Más enferma de lo que tú hayas estado jamás.

    - ¿Hace mucho tiempo?

    - Sí, mucho: lo he olvidado todo, excepto el dolor y la debilidad.

    - Entonces, serías muy joven...

    - Creo que sí. Pero, no hablemos más de esto. No quieras hacer sufrir a tu amiga.

    Me miró lánguidamente a los ojos y, cogiéndome del talle, me sacó de la habitación.

    - ¿Por qué se divierte tanto tu padre asustándome?- me preguntó, una vez estuvimos fuera, temblando ligeramente.

    - No lo creas, querida, no es ésa su intención.

    - Y tú, ¿estás asustada?

    - Lo estaría si pensara que también nosotras corremos el mismo peligro que esa pobre gente.

    - ¿Te asusta la idea de la muerte?

    - Desde luego, a todo el mundo le asusta esa idea.

    - ¿Crees, por ejemplo, que es espantoso morir mientras se ama? Dos amantes que mueren juntos.., y de este modo pueden vivir juntos para siempre... Las muchachas no son más que orugas y sólo se transforman en mariposas cuando llega el verano. Entretanto, son crisálidas y larvas, cada una con sus formas e inclinaciones particulares. Hay un cierto señor Buffon que así lo cuenta.

    Por la noche vino el médico y se encerró con mi padre en su despacho, donde permanecieron durante largo rato. Era un médico con mucha experiencia, de unos sesenta años. Su rasurado rostro aparecía tan liso como la superficie de una calabaza. Cuando salían del despacho, oí que mi padre decía, riendo:

    - Me admira oír esas palabras en boca de un hombre tan sensato como usted. ¿Qué opina, entonces, de los hipógrifos y de los dragones?

    También el médico se reía, sacudiendo la cabeza.

    - En todo caso, la vida y la muerte han sido siempre un misterio y sabemos muy poco acerca de lo que puede suceder.

    Se alejaron charlando y yo no pude oír nada más. En aquel momento ignoraba cuáles habían sido las hipótesis aventuradas por el doctor, pero ahora creo adivinarlas.

    Una tarde llegó de Gratz el hijo del restaurador de cuadros, transportando en su carro dos grandes cajas llenas de cuadros. Su llegada constituyó un verdadero acontecimiento. Las cajas quedaron en el atrio; los criados se encargaron del joven y lo acompañaron a la cocina para que le dieran de cenar. Luego se unió a nosotros en el atrio grande, donde nos habíamos reunido previamente para abrir las cajas.

    Carmilla estaba sentada y miraba distraídamente los viejos cuadros, casi todos retratos, que habían sido enviados a restaurar. Mi madre pertenecía a una antigua familia húngara, y la mayor parte de los cuadros procedían de mi familia materna. Mi padre iba leyendo en una lista los títulos de los cuadros, y el artesano los iba sacando de las cajas. Ignoro el valor que podían tener, aunque eran antiguos y algunos muy curiosos. Yo los veía por primera vez en mi vida, ya que la humedad y el polvo habían ocultado las telas durante mucho tiempo.

    - No había visto nunca este cuadro - comentó mi padre, señalando la tela que el restaurador tenía en la mano-. Aquí, en un ángulo, figura el nombre, que pude descifrar antes de enviarlo al restaurador: Marcia Karstein. Lleva la fecha de 1768. Será interesante ver lo que ha surgido ahora...

    Me acordé de aquel cuadro. Se trataba de una pequeña tela, sin marco, de forma cuadrangular y tan ennegrecida por el paso del tiempo que jamás pudimos contemplar a aquella Marcia Karstein, si es que en realidad se trataba de su retrato.

    El restaurador exhibió la tela con evidente orgullo. Era una joven de rostro hermosísimo, y quedé asombrada por la viveza de su expresión. Pero lo que más me asombró fue su extraordinario parecido con Carmilla.

    - ¿Te das cuenta, querida? - le pregunté -. Esto es un verdadero milagro. Eres tú misma, viva y sonriendo. Sólo le falta hablar. ¿No te parece extraordinario? ¡Mira, papá! Tiene también un pequeño lunar en la garganta...

    Mi padre esbozó una sonrisa y dijo:

    - Realmente, es de un parecido extraordinario.

    Pero, ante mi sorpresa, no prestó mayor atención al hecho y continuó su tarea con el restaurador. Por mi parte, sentía aumentar mi admiración a medida que contemplaba el retrato.

    - ¿Me permites que lo cuelgue en mi habitación, papá? - le pedí a mi padre.

    - Desde luego, querida - dijo -. Me alegra que te guste. Debe ser más hermoso de lo que yo creía, si es que se parece tanto a tu amiga.

    Carmilla no pareció haber oído el cumplido. Estaba retrepada en un sillón y me contemplaba fijamente con sus hermosos ojos, con la boca ligeramente entreabierta y sonriendo como en éxtasis.

    - Ahora sí que puede leerse bien el nombre - dije -. No es Marcia. Parece escrito con letras de oro. El nombre es Mircalla, condesa de Karstein. Encima del nombre hay una pequeña corona, y debajo una inscripción: Anno Domini 1698. Yo desciendo de los Karstein.

    - iAh! - exclamó lánguidamente Carmilla -. También yo creo que soy una descendiente lejana de esa familia. ¿Viven aún algunos de sus miembros?

    - No creo que exista nadie que lleve el apellido. La familla quedó extinguida a raíz de la guerra civil, hace muchísimo tiempo. Las ruinas del castillo se encuentran a sólo unas leguas de aquí.

    - Muy interesante - murmuró distraídamente Carmilla -. Pero, mira qué hermoso claro de luna tenemos hoy. Miró a través de la entornada puerta. ¿Y si fuésemos a dar un paseo?

    - Esta noche me recuerda la de tu llegada - dije.

    Carmilla suspiró, esbozando una sonrisa.

    Se puso en pie y salimos al patio cogidas por la cintura. Anduvimos lentamente y en silencio hasta el puente levadizo. Ante nuestros ojos se extendía una hermosa llanura, bañada por la luz de la luna.

    - ¿De modo que recuerdas aún el día de mi llegada? - me susurró Carmilla al oído-. ¿Te alegra tenerme aquí?

    - Soy muy feliz, querida Carmilla - respondí.

    - Y has pedido que te dejaran colgar aquel cuadro en tu habitación - murmuró mi amiga, con un suspiro. Luego me apretó más estrechamente con el brazo que ceñía mi talle y apoyó su cabeza en mi hombro.

    - ¡Qué romántica eres, Carmilla! - exclamé. Cuando me cuentes la historia de tu vida, estoy segura de que será como si me leyerás una novela de amor.

    Me besó silenciosamente.

    - Estoy convencida, Carmilla, de que has estado enamorada - proseguí -. Y me atrevería a afirmar que sigues preocupada por algún asunto amoroso.

    - Nunca me he enamorado, y nunca me enamoraré - afirmó Carmilla -. A no ser que me enamore de ti...

    A la luz de la luna, aparecía más hermosa que nunca. Tras dirigirme una extraña y tímida mirada, ocultó la cara en mi cuello, entre mis cabellos, respirando agitadamente; parecía a punto de estallar en sollozos y me apretaba la mano, temblando. Su mórbida mejilla quemaba contra la mía. Murmuró:

     

     

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